Estoy atrapado. Me
cuesta respirar, pero no porque me falte el aire; creo que es la tensión. Estoy aquí,
escribiéndote, porque quiero que estés conmigo. En más de una ocasión me ha parecido
verte a mí lado. Pero no puede ser. No es posible; estoy en un ascensor.
Esta situación llega incluso a parecerme cómica, alguna risita histérica borbotea de
vez en cuando por los labios de mi mente. Creo que me estoy volviendo loco. Me vuelvo loco
y tú no estás conmigo para ayudarme; aunque ya te veo a todas horas. Quiero que estés
aquí. Deberías verme, te sorprenderías: siempre he pretendido ser elegante, gustarte
continuamente. Ahora estoy tirado en el suelo, encorvado sobre la hoja de papel en la que
te escribo, iluminado sólo por una tenue luz de emergencia.
Esto es muy pequeño. No hay posibilidad de estirar las piernas. La única forma es
ponerme de pie... pero no puedo, estoy demasiado cansado, demasiado aturdido y en estos
días (casi tres) he tenido tiempo suficiente de pensar en ti, en mí: en nosotros. He
pensado tanto que ahora las ideas se escapan por mi boca abierta, atravesando la barrera
que forman mis temblorosos labios.