Los pasos de Ainara se alejaron
por el sendero de piedra de mi casa, y aguardé una hora para abrir la puerta. Entonces la
cerré de vuelta. ¿Qué estaba haciendo? ¡Estaba dándole acceso a cualquier loco para
que entrara a mi casa! Por un momento me maldije por mi estupidez, pero después
pensé mas valerosamente. Si no abría la puerta y tomaba mi comida, lo haría un zorro,
una comadreja, o
atraería algún andrajoso vagabundo, ¡y eso si que seria
terrible! Abrí la puerta lentamente, los goznes hacían un ruido insoportable pero
mantuve los sentidos alerta. Cuando la puerta estuvo lo suficientemente abierta como para
dejar pasar mi mano, alargué la mano y tanteé el terreno, toque con un dedo la bolsa de
tela llena de comida, pero me fue imposible acercarla, estaba demasiado pesada. Entonces
sin querer tropecé hacia delante, la puerta de hierro cedió ante mi peso y uno de los
goznes se dobló al instante, dejándome de bruces en el suelo
en medio del jardín.
Entré en pánico, primero mire mis manos, y me aseguré de estar entera. Miré el jardín
y comprobé de que no hubiera nadie hurgando entre el pasto alto. No había vagabundos, ni
ladrones, ni
violadores. No había nadie, solamente una completa soledad se
encontraba ahí llenando el vacío con nada. Lentamente me levanté del suelo, y sin
respirar busqué con la mirada la bolsa de tela, la encontré debajo de la puerta de
hierro que bajo su propio peso se había desprendido de la pared y con un esfuerzo
impresionante que me costó lo que no había hecho en dos años, pude liberar las
provisiones. Entré a la casa corriendo desesperadamente, y en un gesto automático lleve
la mano al pomo de la puerta, pero la puerta ya no se encontraba ahí. Mi mano tocó el
aire y me sentí nuevamente presa del horror, ¡que hacer! El aire fresco invadía la
casa, las cortinas se mecían con su soplido, el polvo que se encontraba sobre los muebles
y en los rincones comenzó a desprenderse y volar como pequeñas estrellas fugaces y
yo
me dejé caer al suelo frente a la entrada sin puerta, para contemplar la
distancia como si se tratara de un paisaje dibujado por algún artista desconocido.
Desperté y todo a mi alrededor era oscuridad. Me sentía cansada como pocas veces lo
había estado y sin tener frío, comprobé que me encontraba helada como un trozo de
hielo. Entonces comprobé que la oscuridad frente a mí, no era una pared, ni mucho menos.
Era un trozo de cielo que se podía admirar desde donde me encontraba. Por alguna extraña
razón aquella situación no me hizo temer, todo lo contrario, me hizo sentir especial, ya
que la luna y las estrellas me observaban desde lo alto de la misma manera que yo a ellas
y entonces recordé el sueño que había tenido casi todas las noches desde hacía ya
cuatro años. Yo me encontraba desnuda en medio del bosque, corriendo por praderas bajo la
luz de la luna que bañaba cada curva de mi cuerpo, y un hombre cuyo rostro no puedo ver
en sueños se acercaba a mí. Y con una elegante muestra de baile me tendió la mano, y
juntos rodamos por la tierra hasta llegar a un lago cristalino donde un ciervo nos
contempla como si fuéramos un espectáculo.
Siempre el mismo sueño, a la misma hora de la noche. En un principio supuse que sería
algún llamado inconsciente hacia la libertad, hacia la necesidad de correr entre los
llanos de Viduan, de hablar con la gente de las tiendas y de conocer a un hombre que sepa
cuidarme como no lo ha hecho jamás ninguno. Pero mis experiencias con hombres distan
mucho de ser las que yo necesito para sentirme mejor. Todo lo contrario, me han empujado
hasta ser la ruina humana que hoy por hoy me siento.
Pero lo que si sé, y esto no es inconsciente, es lo mucho que sufrí aquella noche de
verano en las calles de Viduan. Aún no logro perdonarme, pero tampoco puedo culparme. Fui
víctima de aquel crimen, así como también, culpable de mi propia desgracia. ¿A quién
se le ocurre salir a la noche, cuándo nadie recorre las calles oscuras y silenciosas?
Aparte
cerca de La Furia, el cubil del crimen, o el nido de ratas, como se lo quiera
llamar.
La Furia es el centro de mayor movimiento criminal, donde todo tipo de ladrones, asesinos,
rateros, carteristas entre otras cosas, intercambian mercancía, o son contratados por
clientes despojados de toda moral para asesinar a alguien en particular. Claramente, si yo
andaba cerca de La Furia era por mera necesidad, ya que el camino mas cerca para llegar a
la casa del que aquel entonces iba a ser mi marido, era por ahí. ¡Lo maldigo por no
haberme ido a buscar! ¡Lo maldigo por su falta de deber! Pero claro
él tenia cosas
mas importantes que hacer jugando a las cartas con sus amigos, y claro, bebiendo cerveza
hasta emborracharse y vomitar en alguna esquina. Cada vez que pienso en él tengo la misma
imagen del ebrio romántico, y me dan unas ganas casi imposibles de controlar de
arrancarle el pescuezo a alguien.
Me recuerdo de mi misma, caminando vacilante entre las callejuelas oscuras, sucias y
hediondas. Me recuerdo a mi misma siendo apresada por dos pares de poderosos brazos y
siendo arrojada al suelo. Me recuerdo a mi misma llorando sin fuerzas, rezándole a los
dioses para que aquello fuera solamente un mal sueño. Me recuerdo a mi misma abierta de
piernas, sintiendo algo que no me era conocido ni querido dentro de mí, y sufriendo la
agonía de una lluvia incontrolable de pensamientos y dolores imposible de describir. Y me
recuerdo, no sin un poco de autocompasión, lastimada tanto física como mentalmente y
rengueando entre la gente que me miraba indiferente. Sin dinero alguno para alquilar una
montura, perdida en la inmensa ciudad, y prácticamente desnuda, ya que las ponzoñas
criminales que me habían violado se habían encargado de dejar mis ropas mas finas y
bellas en simples jirones.
Recuerdo como había llegado a mi casa, acompañada por las autoridades de la ciudad y
cómo mi madre se había arrojado a mis pies cuando me vio cubierta por unas sedosas
sabanas blancas, que dejaban pasar la sangre haciendo mas evidente mi decadente estado. Mi
padre, menos cariñoso pero más responsable, me había levantado en sus brazos (con un
esfuerzo increíble, ya que yo tenia veinte inviernos, y él mas de setenta) y como si me
tratara de un bebé, me había acostado en su cama matrimonial, donde me había acariciado
y refrescado con un paño húmedo hasta que me sumergí en un sueño tan profundo, que la
realidad me fue totalmente ajena durante dos días.