Cabalgué durante días y días,
pensando en ella. No podía pensar en otra cosa. Tal vez la frustración de haber perdido
el tesoro que tanto había añorado, o el hecho de que no formaba parte de lo que yo mismo
llamaba comunidad, me hacía volver. O a lo mejor, el hecho de que la persona que alguna
vez amé aun siguiera totalmente loca.
A mis lados se extendían bosques infinitos, oscuros y profundos como las fauces de una
serpiente marina. Era de noche ya, y el plenilunio alumbraba únicamente el camino, lo
cual me ponía un tanto nervioso, ya que si bien tenia cierta seguridad a causa de los
conocimientos adoptados en la orden de los Obsidianos, no podía dejar de pensar que de
repente los fantasmas del pasado se me aparecían de improviso.
Entonces, después de bordear una colina y subir por varias lomas, pude divisar a la
distancia las luces de Viduan, o mejor dicho, a toda la ciudad de Viduan, iluminada como
un coloso durmiente en la base de las montañas del Martillo Negro. Comprobé por la
posición de la luna que aún no era tan tarde, tal vez sería medianoche, pero con un
poco de suerte lograría encontrar algún tipo de posada o taberna abierta para alojarme
hasta el otro día. Entonces revisé mi bolsillo y para mi desgracia, lo encontré
agujereado. Frené el caballo, me bajé de la montura y como esperanzado por algún
milagro divino, miré hacia atrás. El camino era tan oscuro que no me atreví a dar un
paso en aquella dirección
era como
caminar hacia las fauces de un demonio. Me
puse bastante nervioso, especialmente por el hecho, de que sin monedas, no tenia donde
dormir, donde comer, ni nada por el estilo. Entonces la recordé una vez mas.
-De todas maneras iba a ir hacia ella.
Contemplé desde la loma la ciudad, me maravillé con sus luces poderosas y sus altos
edificios y dejé que la suave brisa acariciase mi cabeza rasurada. ¿Porqué rasurada?
Porque así lo indicaba la orden de los Obsidianos. Tuve que deshacerme de mi brillante
melena negra y larga para adquirir los conocimientos ancestrales de los elementos y la
sanacion del cuerpo y el alma. Y no satisfecho con todo ese sacrificio, tuve que ir
demasiado lejos, entrar en la recámara prohibida de los Libros de los Hierofantes
Superiores y ser expulsado de la Orden. Ciertamente, haber fracasado por mis propios
errores era algo que a esta altura de mi vida, me tiene sin cuidado, se que un error trae
tarde o temprano una nueva victoria. Y esa nueva victoria era la que estaba a punto de
descubrir.
Me levanté del suelo, tiritando de frío y con los músculos agarrotados a causa de la
posición en la cual me encontraba. Borré de mi mente esos recuerdos tan tristes, de
aquella noche de verano, y no sin miedo me acerqué hasta la entrada de la casa. Maldije
mi fuerza, y maldije también mi ineptitud para los trabajos masculinos. Definitivamente
había colocado muy mal aquella puerta, caso contrario, no se hubiera caído tan
fácilmente. Entonces se me ocurrió una idea. La vez que había tapiado todas las
ventanas, había desarmado muchísimas sillas de madera, de esas tan baratas y ordinarias
que abundaban en mi casa. Me dirigí al comedor y ahí encontré en un rincón, apartado
del paso y muy lejos de luz alguna, cuatro silla de madera destartaladas. Busqué el
martillo, y me puse manos a la obra. En tres horas de arduo trabajo, dedos machucados,
heridas leves y un caudal incesante de obscenidades y maldiciones, la puerta se encontraba
totalmente cubierta de maderos. Lo cual se convertía en un nuevo problema, ya que ahora,
realmente no tenia salida alguna, siquiera para recibir las bolsas de provisiones de
Ainara.
-Que diablos me importa eso, haré un túnel o algo así
-¡Sayen!
Nuevamente quedé paralizada, al otro lado de la entrada. Me alejé hacia atrás unos
pasos y me encontré con la pared fría. Entonces miré en todas direcciones y solamente
pude divisar oscuridad dentro de la oscuridad. Apenas entendía como había logrado
encontrar las sillas y el martillo, pero en aquel momento, cuando la mente se me nublaba a
causa del pavor, solamente podía percibir peligro en cada cosa que veía.
-¡Sayen! ¿Te encuentras ahí?
Esa voz le era familiar, de alguna manera esa voz le decía algo. Esa voz una vez había
significado todo mi mundo. No
no podía ser, imposible que lo fuera. Que semejante
cosa sucediese era tan posible, como que mi casa realmente fuera suficiente para aplacar
todos los miedos y males que yacen dentro de mi. El pavor se hizo dolor, y el dolor se
convirtió en una agonía lenta y severa. Me comenzó a doler el corazón y mil voces
giraron en torno a otros tantos pensamientos. Pasos se escucharon al otro lado de la
entrada tapiada, acompañados de unas palabras que no quería comprender. De palabras que
no quería escuchar.
Agios, era él.