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San Valentín: Día de los Enamorados


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Día de los Enamorados - Valentine's Day or Saint Valentine's Day

 






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Dentro de mi cuerpo había un rompecabezas que se llamaba coraje, y las piezas estaban tan dispersas, que jamás podría armarlo. Pero inusitadamente, reuní la cantidad suficiente para aspirar una bocanada de aire y gritar con toda mi alma:
-¡Vete de aquí hijo del diablo! ¡Pedazo de estiércol mal nacido! ¡Vete de aquí y jamás vuelvas! ¿Qué demonios buscas en mi hogar? ¡Maldito hijo de…
-¿Sayen? Tu puerta está tapiada, ¿sucede algo?
-No, no pasa nada, está todo perfecto…
Hice un intento supremo por no ceder, yo me conocía muy bien, sabia que mi cólera era una barrera muy fácil de traspasar y también sabia que él, con su voz dulce y melodiosa podía lanzarme una saeta de fuego directamente en mi corazón. Pero algo que él no sabia, era que mi corazón hacia muchísimo tiempo se había convertido en una cueva de hielo tan gélida como la cima de las montañas de Tumsa. Mi corazón estaba tan muerto, como las necesidades de amar otro hombre.
Comencé a llorar nuevamente, me dejé caer al suelo y por un instante pensé que lo mejor era matarme en aquel mismo instante. Buscar el cuchillo y terminar con mi sufrimiento que día a día se hacia mas insoportable.
-Oh, por Shadá, no llores… por favor… ¿quieres que me vaya?
Jaque.
-No, quédate -conteste tan débilmente, que aun no entiendo como pudo escucharme.
-Pensé que querías estar sola.
Su voz se hizo mas cercana, ya se encontraba del otro lado de la entrada y de su imagen, solamente me separaban dos centímetros de madera mal clavada y fácilmente arrancable.
-Me han contado cosas terrible Sayen… desde aquella vez, bueno, tu sabes. Tampoco quiero que recuerdes nada, yo se que esto es duro, pero me parece que estas exagerándolo todo.
-¿Exagerando?
Me puse de pie y las lágrimas se secaron de inmediato en mi rostro.
-¡No estoy exagerando nada maldito imbécil! ¡Condenado por tu egoísmo!
-¿Egoísmo? ¡Fuiste tu quien me dejaste a mi!
-¡Y tu el culpable de que no me acompañaras!
-¡Claro, échame la culpa de todo lo que le sucedió a tu vida desde aquella noche! ¡Vamos, hazlo! ¡Yo se que eso es lo que buscas! Pero recuerda una cosa, y recuerdala bien, TÚ me dejaste a mi, fuiste TÚ quien se guareció en este lugar y me apartaste de tu vida, fuiste TÚ quien me maldijo como si yo fuera la representación de Gayrchog en la tierra. Mi corazón se partió en mil pedazos aquella tarde Sayen, y me marché en busca de lo único que podía entender, y que a la vez llenara mi vida. Me hice Obsidianos, y ahora estoy aquí porque me expulsaron. Pero por lo que veo, nada ha cambiado, sigues siendo la misma.
-No es cierto.
-Si, es cierto. -replicó él de malhumor.
-Mentira, hay veces que recojo las provisiones que se encuentran afuera.
Él suspiró, no se si de cansancio o dolor, pero solamente se que en esos momentos estaba acercando demasiado su rostro a los maderos de la entrada, y su voz cuando habló sonó tan natural que pareció encontrarse dentro de la casa, a mi lado, junto con toda la oscuridad reinante.
-Sayen, necesito un lugar donde dormir, perdí las pocas monedas de oro que tenia. -suspiró nuevamente, tal vez a causa de la fatiga o de lo fuerte que era aquella situación para él-¿Podrás apiadarte de mi y darme un lugar donde descansar?
-No entraras a mi casa si supones algo similar. -respondí severamente, aunque bien sabia que estaba a punto de quebrarme nuevamente.
-Lo suponía, pero no me extraña que lo niegues entendiendo que te encuentras en una situación bastante particular.
-Tienes el cobertizo.
-Muy bien. -dijo él, en un susurro dolido. Podía escuchar como su corazón se quebraba en mil partículas nuevamente.
-Y mañana quiero que te vayas.
No dijo nada, sus pasos se alejaron de la entrada tapiada y yo me quedé congelada. Tal vez los dioses querían que aquella jornada, mi vida transcurriera en la entrada de mi casa.

¿Que podía esperar? Era mas que claro que la situación no iba a cambiar. No podía dejar que me lastimara nuevamente, tal cosa no tenia sentido. Ya me había rechazado una vez, arrojándose a las penumbras de su hogar, para no salir nunca más; ahora, lo mas sano que puedo hacer es aceptar su situación y no dejar llevarme por la situación. Aparte, adquirí muchos conocimientos que podrían hacer de mi, un hombre mejor o…
Vaya mentira.
El cobertizo se encontraba cubierto por unas enredaderas que cubrían todo el pequeño edificio. Con toda la fuerza de mi cuerpo abrí la puerta y el sonido de mil ponzoñas hicieron que el lugar fuera menos atractivo para dormir. Entonces lo pensé durante unos instantes y al cabo de unos segundos me encontraba acostado en la entrada sin techo de la casa.
Al otro día, el sol llegó con toda su fuerza, alumbrando desde el Naciente, todas las vastas tierras de Viduan. Me desperecé, mas cansado que la noche anterior, y me puse de pie. Al otro lado de la entrada tapiada escuchaba los sollozos de Sayen.
-¿Sigues ahí? -pregunté con toda la dulzura que podía emerger de mi en aquellos instantes de tanto dolor.
-Si, sigo aquí. ¿Dónde mas?
Sonreí. Era muy típico de ella esas respuestas, y me trajeron recuerdos preciosos. Recuerdos de cuando de la mano recorríamos el Gran Bazar y el centro de mercaderes de Viduan. Las lágrimas pugnaron contra mi deber en aquel lugar, no dejaría que ninguna cayera al suelo, sacrificaría mi corazón, lo aplastaría con mi mano si fuera necesario, pero no cedería.
-Escúchame. -dijo Sayen después de unos minutos tan silenciosos que hasta el mismo andar de las hormigas era audible.
-Te escucho, sigo aquí.
-No fue fácil para mi dejarte, te juro que no lo fue, yo te amaba con locura. Pero no puedo dejar de culparte, no puedo…
-No me perdones entonces, se que no merezco tu perdón.
Sayen guardó silencio, y el llanto recobró fuerza. Un puño golpeó la puerta, y después el llanto se hizo mas fuerte aun, si cabía posibilidad de tal cosa.
-¿Te lastimaste? -pregunté, con verdadero interés.
-¡Por Shadá mi vida es un infierno! ¡Deseo morir en estos mismos instantes! ¡No soporto estar encerrada en esta casa del demonio, necesito aire puro, necesito vivir como el resto de los demás!
-¡Hazlo entonces, no te niegues esa posibilidad!
-Pero… ¿es que acaso no comprendes? ¡No puedo! Le temo a todo, hasta temo de ti, de lo que me puedas hacer… eres un hombre y… tu sabes. No quiero que eso pase nunca mas, no lo deseo, ni aunque fuera con amor.
-Te ayudaré. -afirmé con mayor convicción de la que había sentido alguna vez en mi vida.
-¿Cómo?
-Te sacaré de ahí. -dije con una media sonrisa de victoria, de alguna manera, mis palabras pesaban mas de lo que hubiera supuesto.
-¿Que? ¡No! No, de ninguna manera.
-¿Como que no? No puedes quedarte ahí hasta el fin de tu existencia, yo no lo permitiré.
-Entonces lo haremos despacio. -le susurré, sin perder la sonrisa que se había marcado en mi rostro.
-¿Despacio? -pregunto Sayen tan temeroso de ver la luz del sol, como de que nuevamente abusaran de ella.
-Desde ahora.

 

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