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San Valentín: Día de los Enamorados


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Día de los Enamorados - Valentine's Day or Saint Valentine's Day

 






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Los días pasaron lentamente, y todo el tiempo Agios y Sayen hablaban de recuerdos del pasado e historias del presente. Sobre anécdotas nuevas y viejas, sobre chistes antiguos y malos, aunque también los había buenos, pero la verdad que ninguno de los dos era muy buen comediante. Hablaron sobre su noviazgo, pero cuando tocaban ese tema se sentían incómodos y rápidamente lo abandonaban. Hablaron sobre lo mucho que se habían extrañado y Sayen le había relatado sus aventuras en soledad dentro de aquella casa, de lo mucho que añoraba la presencia de sus padres y de lo necesitada que estaba de compañía. Esto llenaba de regocijo a Agios, ya que de una manera inesperada, le estaba haciendo un bien a Sayen que sin admitirlo, lo aceptaba.
Sayen le pasaba comida y vino por lo bajo de un tablón mal clavado, y Agios siempre aprovechaba para rozar su mano. Sayen siempre dejaba que él acariciase sus suaves dedos. había llegado aceptar su presencia al otro lado de la puerta, y ya no le temía. Ahora lo deseaba.
Después de una semana, de vivir alejados por dos centímetros de madera, hicieron una apuesta en base a una adivinanza. Si Sayen adivinaba lo que era, podía pedir lo que ella quisiese, si fallaba, Agios podía pedirlo. Sayen se dio vencida muy fácilmente por algún motivo demasiado evidente o tal vez, demasiado oculto dentro de las misteriosas penumbras de su mente, entonces Agios pidió que desde aquella misma noche, uno por uno, fuera sacando los tablones de madera. Sayen se lo pensó muy detenidamente, pero al otro día decidió que aquello no estaba del todo mal, con la condición de que después le reparara la puerta de hierro, a lo cual Agios muy complacido accedió.
Al cuarto día, Agios rompió todos los maderos de una patada y entró a la casa. La necesidad de verla había sido mas poderosa y fuerte fue su impresión cuando se vio con exactamente la misma belleza que recordaba. Ni una arruga de mas, ni un quilo de más. La misma belleza mantenida dentro de aquella prisión que era su casa. El mismo cabello pelirrojo, ahora largo hasta la cintura, los mismos ojos pardos, los mismos pechos esbeltos y las mismas curvas cegadoras con su resplandeciente belleza. Sayen en cambio, si noto cambios en Agios, descubrió que la melena de la cual tanta ostentación había hecho éste en su adolescencia ya no se encontraba, una barba crecida y unos ojos negros que habían visto muchas cosas. Tal vez demasiadas.
Agios reparó la puerta de hierro y Sayen volvió a respirar como si ya no pudiera ser víctima de ningún peligro inesperado. Pero mas allá de la oscuridad reinante dentro de la casa, del pestilente aroma a humedad, o de las descascaradas paredes, Agios se sentía bien, porque tenia a su amada nuevamente entre sus brazos y esa noche, dormirían juntos.

Abrí primero un ojo, y después el otro, sentí su brazo fuerte y musculoso que me rodeaba por la cintura y recordé quien era. Pude relajarme nuevamente, y mi respiración se volvió mas natural. La memoria me jugaba crueles jugarretas, y me costaba increíbles esfuerzos adaptar mis pensamientos a que otra persona se encuentra acostada en mi misma cama. Tenia su cabeza apoyada sobre mi pecho y su respiración era pausada y tranquila. Sonreí, hace mucho que no veía tanta serenidad en otra persona.
Había tenido el mismo sueño nuevamente, y eso me asustó un poco. ¿Qué significaba aquel sueño? ¿Es que acaso mi vida no había sufrido ningún cambio? Recuerdo como el hombre cuyo rostro no podía ver, me abrazaba y me besaba apasionadamente, como me arrastraba por el bosque hasta llegar a una laguna y como el ciervo nos contemplaba mientras nos amábamos. Entonces, todo lo que había sido felicidad se desvaneció de mi rostro. Añoraba ver la luz de la luna, y apenas y recordaba como se sentía nadar dentro de una laguna de agua clara y cristalina.
Quise levantarme pero su cabeza me pesaba bastante, aparte, no quería molestarlo, así que delicadamente tome su cabeza entre mis brazos y con un beso lo despedí, apoyándolo sobre las almohadas de pluma. Algo me estaba sucediendo, de eso no había duda, pero… ¿que era? ¿Acaso la flama del amor estaba renaciendo? ¿Acaso, el miedo había desaparecido? Pero comprobé que no era así cuando me acerqué a la puerta de hierro a medio colocar. Todavía me daba temor el exterior, y todo lo que pudiera andar por ahí. ¿Entonces? ¿Era amor acaso? Seguramente, tal vez mi corazón gélido como un tempano reconoció un buen gesto en vez de la típica hostilidad mal intencionada que suele detectar.
Caminé por mi casa desnuda, y llegué hasta lo que una vez había sido mi habitación. Abrí la puerta con un poco de temor, como siempre, y con una sonrisa y un suspiro comprobé que no había ningún peligro. En esta, la que había sido mi habitación, había arrancado la madera del suelo, había dejado a la vista la tierra seca, para mas tarde humedecerla con una cantidad impensable de litros de agua (se encontraba especialmente reseca). había tenido el alocado pensamiento de crear una pequeña huerta dentro de mi casa, para mi diversión y satisfacción. Una parte del techo había sido desmantelada con la ayuda de Ainara y su marido, y colocaron una reja para que solamente los rayos dorados del sol pudieran pasar y de esa forma, alimentar a las flores que consideraba mis hijas. Las altarreinas, los claveles, las margaritas, unas pocas rosas y mis exquisitos jazmines. Todas eran preciadas para mi, y todas habían crecido con el amor que yo les supe brindar como una madre. Y ahí estaban todas, observándome, aguardando a que yo dijese o hiciese algo. En mis momentos de mayor soledad siempre había acudido aquella estancia y les había hablado sobre mi vida pasada, sobre mis sueños futuros, y sobre lo mucho que deseaba correr por colinas y praderas bajo la luz de la luna. En pensamientos, a veces sospeché que me contestaban, pero mas tarde aprendí que esa voz, era nada mas ni nada menos que la voz de la conciencia. La voz de los fantasmas del pasado y de todos los recuerdos que eran meras imágenes en mi mente. Respiré sus diferentes aromas y las guardé en mi pecho, como si eso pudiera purificar mi alma y filtrar todos mis males.
-Que bello lugar, no sabia que tenias algo similar.
Me di la vuelta, y me encontré de frente con el hombre por el cual mi corazón aun seguía palpitando, levemente, pero palpitando al fin y al cabo. Sus ojos ante la luz del sol resplandeciente que iluminaba los cielos, eran pequeños y sus cejas, tan expresivas como su rostro entero.
Sonreí, un poco incomoda; un poco feliz por su inesperada presencia.
-Este lugar es el único escape que tengo de mi reino.
-Un bello modo de escapar de tu, ¿reino? Preferiría llamarlo prisión. -dijo él sin perder la afabilidad en su tono.
-Prisión o reino, es lo mismo, de todas maneras solamente puedo soñar con lo que hay mas allá de la puerta de mi casa. Y tengo motivos para seguir soñando, al menos hasta que me llegue la muerte.
Agios soltó una carcajada, por lo visto estaba de muy buen humor.
-Lo dudo hermosa mía, realmente lo dudo. Te dije que te liberaría de los sellos que te retienen a este lugar y como hombre de palabra que soy, cumpliré con mi palabra. En cuanto menos lo pienses estarás afuera, respirando el aire directamente dentro de las tempestuosas ventiscadas y bebiendo el agua, de los ríos y arroyos.
Le di la espalda. Aquellas palabras eran bellas, pero eran mentiras, jamas podría reunir todo el coraje suficiente para dar un paso afuera de la casa por propia decisión. Unas lágrimas de un sentimiento indefinido quisieron escaparse por mis ojos y no las retuve, pero en aquellas lágrimas, no había ni dolor ni alegría, una simple indiferencia que decía mucho sobre aquel tema. Era un llanto que hablaba sobre un dolor insoportablemente soportado.
Agios se acercó hasta mi, se acuclilló a mi lado, y dándome un dulce beso en la mejilla me dijo:
-No será hoy, probablemente tampoco mañana, siquiera espero que sea en una semana. Pero yo me quedare aquí, y te ayudaré, si ese es tu deseo. Vamos, dímelo, dime si realmente quieres que me quede.
-Es lo que quiero, pero no se si es lo que deba.
-¿Cómo?
-Tenerte cerca es un regalo de los dioses, es algo similar a lo que se debe sentir cuando te abren las puertas del paraíso. Pero a la vez, no quiero matar este sentimiento.
-¿Porque crees que lo mataras? ¿No crees ser capaz de encarcelar los sentimientos capaces de hacer semejante cosa?
-No, no me creo capaz. Tengo miedo Agios, mucho miedo. Temo del sol y del cielo, de las nubes y de los insectos… temo de los pájaros, y mira, ahí va uno, y no tienes idea de lo mucho que temblaría si no estuvieras a mi lado.
-¡Entonces de algo sirvo a tu lado!
-Claro que sirves, pero solamente para mi, ¿acaso no te sentirías vacío viviendo tu vida solamente para defenderme de todos los males?
-¿Quien dijo que viviré mi vida defendiéndote de ese tipo de cosas? ¡Claro que no! Te enseñaré a luchar contra tus temores, y te haré salir de este lugar, por las buenas o…
Lo miré seriamente.
-O por otros medios igualmente buenos, ahora dime, ¿los panecillos los comes con queso o con jamón?

 

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