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San Valentín: Día de los Enamorados


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Día de los Enamorados - Valentine's Day or Saint Valentine's Day

 





Juntos Sayen y Agios convivieron juntos durante muchos días y muchas noches. Se amaron en locura y pasión tantas veces que las jornadas apenas y bastaban. Lucharon contra demonios invisibles en la mente de Sayen, y se tomaron de la mano cuando el sufrimiento se hacia imposible de combatir. Sus noches hacían arder en llamas el lecho donde dormían, y en los días hablaban sobre todo lo que les había pasado en el tiempo que estuvieron lejos.
Agios le contó como había recorrido la ciudad de Jorune, devastada ahora por el paso del Gran Dragón y como había huido de un grupo de Serpentistas que habían invadido una buena cantidad de pueblos. También le contó que había conocido el gran monumento de Shadá en la majestuosa Saltarello, le dedico especia énfasis a la aventura de cruzar a todo galope el bosque de las rosas con sus terribles lobos de bronce y en lo mucho que le costó encontrar la puerta de la maldita ciudadela. Narró como si se tratara de un juglar cuando la orden de los Obsidianos lo envió como mensajero hacia Lux Sorgun, y habló sobre una posible revolución contra los Serpentistas con un grupo de borrachos a la salida de una taberna, le explicó que había estado muy de acuerdo con aquellos hombres que se hacían llamar los Cuarenta Bravos (en realidad solamente habían cuatro, pero el resto se encontraba dentro). Sayen escuchaba estos relatos de forma encandilada. ¡Recorrer el mundo! De joven había sido una campesina, y aunque hubiera podido salir de su casa, por mas que hubiera podido aniquilar aquella maldita fobia, sus ahorros adquiridos por la herencia familiar, solamente le hubieran permitido sobrevivir unos cuatro meses mas en aquella prisión que era su casa, y ni hablar de un viaje.
La flama que crecía en el pecho de Sayen se transformo en una hoguera ardiente, y el amor apasionado, paso a ser un verdadero torbellino de sensaciones. Agios, a diferencia de Sayen, siempre sintió el mismo deseo de estar con ella, pero aunque el amor lo atropellaba y lo quitaba de lo que había proyectado, siempre retomaba el camino y volvía su mente al punto fijo, al objetivo en cuestión, liberarla de aquella casa.
Pasaron treinta y tres noches y treinta y tres días. El dinero escaseaba y Ainara los había alertado del aumento de precios en la ciudad y de lo terrible que serian los nuevos tiempos. Una guerra se aproximaba, y el Gran Dragón ya se había encargado de librar varias batallas en reducidos pueblos y ciudades de escasa importancia. El Emperador Actubarus, uno de los mas jóvenes soberanos de la historia, ordeno que se creara una milicia donde dijera específicamente que todos los hombres de mas de quince otoños se enlistarían para luchar en caso de emergencia. Y así fue como Agios abandonó la casa después de una larga temporada, lejos de la ciudad y del gentío de la ciudad. Sayen había quedado desolada, como no lo había estado en mucho tiempo, y las horas que paso en soledad le fueron tan aterradoras como la simple idea de dar un paseo por el bosque. Para su suerte, a los dos días Agios volvió, pero con una leve herida en el rostro. Pequeños grupos de bandidos Serpentinos se habían acercado a la ciudad en el medio de la noche, y para colmo, justo cuando se estaba enlistando. Los bandidos entraron salvajemente en la ciudad y asesinaron y mutilaron a varios de los ministros de la corte del emperador, dejando pasmada por el espanto a toda la población. Agios, escupido por la mala suerte, se topó con un grupo de rezagados cuando volvía al a casa de Sayen, y tuvo que correr de diez dagas enfurecidas.

-Sayen, aquí corremos peligros. Debemos ir hacia la ciudad, encontrar trabajo y tal vez, establecernos en algún lugar seguro, pero dentro de las murallas, y no aquí, a merced de cualquier locura de los Serpentinos.
Negué con la cabeza, no podía ser… no, no podía ser.
-No puedo Agios, aun no estoy preparada -dije, mientras levantaba la mirada y veía con frialdad los ojos de mi amado.
-No podemos quedarnos mas tiempo aquí… ¿como te lo tengo que explicar? Nuestra vida corre serios riesgos, y quiero… quiero que…
-¿Acaso temes de lo que pueda sucederte a ti? -Pregunté descaradamente- ¡Por mi no te preocupes!
-Abandona esa postura orgullosa Sayen, temo por los dos, no por mi solo. Ya sabes que quiero lo mejor para ti… para los dos.
-Si sabes lo mejor para mi, entonces harás lo correcto.
-¡Y lo correcto es largarnos de aquí! ¿Cuanto mas tiempo necesitas para recapacitar?
-No lo se… no lo se…
-Muchas veces me has hablado acerca de tu sueño. ¿Que esperas para cumplirlo?
-Un milagro -dije.
-Por Shadá Sayen, no digas tonterías, los milagros hace mucho que dejaron de bendecirnos. Es hora de que tomes decisiones por tu cuenta y…
-Entonces me quedaré.
-¡Pero no esa decisión! -exclamó exasperado.
-Ya te dije que me quedaré y no cambiaré de parecer.
Mi corazón se detuvo, por un instante sabía lo que iba a decir.
-Entonces me marcharé Sayen.
Y era exactamente eso.
-¿Me abandonarás nuevamente?
No contestó, simplemente se dió la vuelta, y se marchó por la puerta, cerrándola tras de si fuertemente. Me quedé a solas en la oscuridad, nuevamente mis lágrimas empamparon el suelo en pequeñas porciones. Meneé la cabeza, me encontraba perpleja, no entendía nada de lo que sucedía. ¿Realmente se había marchado? Corrí hacia la puerta, y llevé la mano al pomo, pero no fui capaz de abrirla, el miedo se apoderó de mí como cuando me encontraba en total soledad, tiempo antes de que Agios reapareciera en mi vida. Los rincones me veían de forma amenazadora, las sombras recortaban siluetas extrañas y un frío viento me abrazó.
Estaba sola.

 

Ecos de Tragedia
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