Una vez más aquí
estoy en la barra de un bar del que ni siquiera conozco el nombre, apurando
melancólicamente una copa de white label con coca-cola. Como siempre nadie me acompaña,
sólo desconocidos que se acercan, intercambian unas palabras con la camarera casi a
gritos, les sirven, pagan y se van a la pista. Aparecen y desaparecen. Con el tiempo casi
te vuelves un profesional en identificar historias solo con ver a la gente como se mueve,
como gesticula, como viste
ves pasar de todo cerca de ti. Ves nuevas y viejas
generaciones pasando a tu lado. Mientras, suena la música de forma estridente, puede que
sea techno, o house, o yo qué sé. Esta vez no he atinado mucho con el lugar, de haberlo
sabido posiblemente no hubiera venido. Pero como suele ser habitual, una vez que estás
dentro la inercia te lleva hasta la barra y esa misma inercia te lleva a levantar la mano
para llamar la atención del camarero y pedir una copa. Y allí te quedas, observando
superficialmente todo aquello que te rodea, ensimismado en tus pensamientos más
profundos. Enciendes un cigarro tras otro e intercalas unos sorbos. Los primeros tragos
saben a rayos, parece que te cuesta tragar, al tercer trago te acostumbras y ya no le
prestas atención.
Naufragando a la deriva de los hielos tintineantes en la copa casi vacía, aparece de
pronto una muchacha. No debe tener más de un par de años menos que yo, aunque por el
aspecto hoy en día nadie se puede fiar, ahora parecen mayores pues es lo que quieren
parecer, y consiguen maquillarse y vestirse de una manera que despista. Espero a que dé
un toque de atención a la camarera para que le sirva, pero la sorprendo mirándome. Eso
me desconcierta. No ha venido a pedirse una copa, o al menos eso parece. Me saluda con un
tierno hola. Yo la correspondo aún ensimismado. Entonces recuerdo cuanto tiempo hace que
no abro la boca, que no gesticulo palabra alguna, y me cuesta arrancar el saludo. De hecho
no sé si he conseguido emitir sonido alguno, pero no importa, con la música tan alta el
gesto de vocalizar da por supuesto que he dicho algo y ella sonríe. ¿Estás solo? Me
pregunta. A lo que yo respondo afirmativamente. En ese momento veo sus ojos, una maravilla
azulada que me mira profundamente, me atrevería a decir que con deseo, pero hace tanto
tiempo que una mujer no me mira así que dudo. Se pasa la lengua por el labio inferior y
veo que se acerca muy lentamente hacia mi. Pienso en como ha cambiado la sociedad y en
como hace unos años era imposible imaginar una mujer tirándole los tejos a un hombre.
Hoy eso es normal, al fin y al cabo ellas son el sexo fuerte. Empezamos a hablar, pero es
consciente de la dificultad de sacarme una sonrisa. No le importa. Insiste. Es bastante
guapa, su pelo castaño sobre sus hombros desnudos me excita sobremanera y le da un toque
de sensualidad abrumador. Está tan cerca que su perfume me embriaga y me transporta más
allá de mis pensamientos, del lugar en el que estoy
me doy cuenta que ella tiene su
mano sobre mi brazo y sonríe incansablemente, me habla de sus cosas, de dónde es, qué
hace en la vida
yo ensimismado me limito a sonreír levemente y afirmo con un suave
movimiento de cabeza. Tras unos minutos se detiene en seco, deja de hablar y me mira
fijamente. ¿no serás gay verdad? Me hace gracia, le digo que en absoluto y en un acto de
valentía le confirmo que me gusta bastante, ella sonríe nuevamente como si acabara de
ganar un premio. Se acerca a mi oído izquierdo y me susurra un tu también a mi que me
llega al alma. Me recorre un escalofrío por toda la espalda y se me erizan los pelos del
brazo. Noto una pequeña erección, como un toque de atención. Después de unas cuantas
copas y una conversación amena y sincera nos besamos intensamente.
Extrañamente me resulta familiar. Es como si ya la hubiese besado antes. La siento muy
cerca, su corazón late muy cerca del mío y me estremezco de tal sensación. Había
olvidado este estado de excitación que me recorre. Nos dejamos llevar y antes de darnos
cuenta nos están echando. Son las 3 y van a cerrar ya. Ella me coge del brazo y con un
guiño decide que es mejor seguir en otro sitio. Así que me arrastra hacia una discoteca,
hoy no estoy especialmente cansado y no tengo planes para el día siguiente, así que me
agarró a su perfume y me deslizo hacia donde ella quiera llevarme. Estamos nuevamente en
la barra y una copa más avisa que es la última. Si bebo más olvidaré todo lo que pase
a continuación y ciertamente esta noche es una de las pocas noches que no me gustaría
olvidar jamás. No aguantamos mucho en el local, después de tomarnos la copa y bailar un
par de canciones muy agarrados, sobándonos y besándonos sin cesar, haciendo algún
respiro para darle una calada a un cigarro medio consumido, nos vamos. Ella sigue llevando
las riendas. En cinco minutos estamos en el portal de un edificio de la calle Diamante.
Rebusca en el bolso sin dejar de mirarme pícaramente y saca unas llaves. Abre y llamamos
al ascensor. Una vez dentro pulsa el botón y entre besos nos dirigimos a un séptimo que
a mi me parece el séptimo cielo. Creo recordar que me dijo que vivía sola, pero la
confusión me embarga y no puedo asegurar si ha sido ella quien me lo ha dicho, si es un
recuerdo residual o parte de una elucubración mental. Llegamos al apartamento, me resulta
muy agradable. Es el tipo de decoración que yo hubiese escogido. Me siento muy bien. Nos
dirigimos ruidosamente hacia el dormitorio y me empuja sobre la cama. Se sube encima y
empieza a desnudarme. Me quita la camisa delicadamente. Yo la despojo de su top azul
celeste. Un sujetador negro queda visible, incapaz de ocultar la erección de sus pezones.
Me besa el pecho mientras desabrocho su sujetador y dejo sus turgentes senos al aire,
perfectos y excitados. Me quita los pantalones y la ropa interior, estoy desnudo en su
cama y ella no duda en despojarse de sus pantalones y el tanga. Se dirige hacia mi sexo y
lo engulle con suavidad una y otra vez mientras me acaricia. Yo, extasiado de tanto
placer, no puedo hacer más que acariciarle los pechos y la espalda, excitándola aún
más. Al poco tiro de ella hacia mi y hundo mis dedos en su sexo, está muy húmeda. Ahora
la tumbo a ella sobre la cama y decido devolverle el favor, haciéndola disfrutar,
hundiendo mi lengua una y otra vez, saboreando su sexo. Jadea y eso me excita aún más.
Sigo hasta que ella me implora que la penetre. Así lo hago y me sorprendo una vez más al
sentir tanto placer y al sentirme tan cerca de ella, es como si esto ya lo hubiese vivido
pienso, hay una compenetración total, nos complementamos perfectamente. No me parece una
extraña y eso hace que disfrute mucho más del sexo con ella. Tras unos minutos ella
decide ponerse encima de mi y culminar el acto sexual con un apoteósico grito que anuncia
un orgasmo tras otro, en su segundo orgasmo yo también me uno a ella. Ha sido perfecto.
Aprecio como, aún penetrada, se echa hacia atrás apoyando las manos en la cama, con los
ojos cerrados y emite una sonrisa de placer consumado. Ambos estamos empapados en sudor,
pero satisfechos. Ha sido increíble. Se tumba junto a mi y me abraza lánguidamente. Me
besa con dulzura, me sorprende para ser una mujer que acabo de conocer en un bar. En ese
momento empiezo a pensar en el momento en el cual la conocí. Estaba sola. Parecía como
si hubiese venido solamente para encontrarme allí, rescatarme de mi soledad y darme todo
aquello que tanto tiempo llevaba ansiando. Aquella noche había trascendido el sexo, y me
sentí muy unido a ella. Y al parecer era algo recíproco. Dándole vueltas al asunto, a
la manera en cómo nos conocimos, en cómo había transcurrido la noche, en cómo nos
sentíamos tan cómodos el uno con el otro, en cómo coincidíamos en tantas cosas de
nuestras vidas y en cómo nos compenetrábamos tanto
se me ocurrió romper ese
momento mágico y hacerle una pregunta:
- ¿Por qué te acercaste a mí en aquel bar? ¿Qué viste en mi? No logro entender la
manera en que te acercaste, la manera en que me miraste, era como si
Ella sonrió una vez más, sus carnosos labios derrocharon nuevamente sensualidad y
dejaron escapar unas palabras en un susurro.
- Porque sabía que eras tu
Mis ojos se llenaron de lágrimas y entonces comprendí por qué todo me resultaba tan
gratificante y tan familiar, y por qué coincidíamos tanto en tantas cosas, por qué nos
entendíamos tan bien, por qué el sexo había sido excepcional con ella, por qué todo me
resultaba ahora maravilloso y por qué me había sentido como perdido hasta el momento en
que ella me dijo hola en la barra de aquel bar
ella era la chica de mis sueños, la
que aparecía tantas noches amándome y desaparecía al despertar, la que me alentaba de
que siguiera adelante, la que me animaba a no perder la esperanza
era ella, y no
podía explicarme los motivos por los que no me había dado cuenta hasta ese momento. Es
ella y ahora sé que tenemos toda una vida por delante y que jamás nos separaremos.
Entonces, en medio de la emoción, ella me abraza intensamente y la correspondo, nos
besamos, lloramos juntos aceptando tan esperado reencuentro, y nos volvemos a fundir
haciendo el amor una y otra vez, una y otra vez
volvemos a ser uno.